Fomentar la riqueza del mundo infantil.

El inicio del mes de septiembre va asociado directamente con el comienzo del nuevo curso escolar. Son días en los que las familias necesitan ajustar la que será su agenda diaria para los próximos meses. Una situación que supone para muchos padres y madres un verdadero quebradero de cabeza. Y es que la conciliación familiar, en la mayoría de las ocasiones, pasa por apuntar a los hijos a actividades extraescolares, bien para mantener a los niños ocupados, dependiendo de las necesidades y las posibilidades de las familias, o bien porque los papás consideran beneficioso o incluso necesario que el niño asista a clases o sesiones que potencien su capacidad intelectual o creativa, o practiquen un deporte que favorezca su desarrollo físico y deportivo.

Con tanta actividad programada para nuestros hijos se nos olvidan dos cosas que son fundamentales para el buen desarrollo integral de un niño:

  • La primera es el JUEGO, en nuestra sociedad actual se está perdiendo el hábito del juego como actividad enriquecedora para los más jóvenes. Esta disminución de horas de juego tiene consecuencias sociales, al reducirse su red de amigos, familiares no directos, vecinos. También que las ciudades son cada vez más hostiles para la infancia: mucho tráfico, mucho ruido, muchas prisas, escasez de espacios amigables para la infancia, etc. No favoreciendo el juego entre los más pequeños de las casas. Si fomentamos el juego en el niño comenzará a experimentar la riqueza de su mundo interior que irá creciendo en plenitud con la vida de la gracia.
  • La segunda es apuntarlos a la ESCUELA DE MARÍA, incluso para las familias católicas que frecuenta la Misa Dominical, se olvidan de promover en sus hijos el trato de oración con la Virgen María, esas conversaciones inocentes llena de ternura que tanto agradan a Dios.

Dos grandes ejemplos tenemos de que ambas combinaciones el juego y el trato con María generan un ambiente muy cercano al cielo:

El 11 de febrero de 1858. la niña (Bernardette) había salido junto a sus dos amigas en busca de leña, para lo que debía atravesar un pequeño río. Como Bernardita sufría de asma, no podía meter los pies en el agua fría, por lo que se quedó a un lado del río mientras sus dos compañeras iban a buscar la leña. Fue en ese momento que vio a la Virgen María y rezaron juntas”.

Durante el verano de 1916 los tres primos (Lucia,Francisco y Jacinta) estaban jugando en el calor del día en el jardín cerca del pozo detrás de la casa de los Santos en Aljustrel. Lucía describe cómo el ángel se les apareció una vez más, regañándoles por su falta de seriedad espiritual”.

En ambas apariciones el contexto que se respira en los videntes es de socialización, es cierto que desarrollan actividades de mayores (recogida de leña o cuidado de ovejas) aunque esta realidad queda envuelta de forma innata en juegos, con conversaciones de niños.

San Juan Pablo II, en la homilía pronunciada el 13 de mayo de 2000 durante el rito de la beatificación de Jacinta y Francisco se dirigió especialmente a todos los niños: «La Virgen tiene mucha necesidad de todos vosotros para consolar a Jesús, triste por los pecados que se cometen; tiene necesidad de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores. Pedid a vuestros padres y educadores que os inscriban a la “escuela” de Nuestra Señora, para que os enseñe a ser como los pastorcitos, que procuraban hacer todo lo que ella les pedía (…) Fue así como los pastorcitos rápidamente alcanzaron la santidad. Una mujer que acogió a Jacinta en Lisboa, al oír algunos consejos muy buenos y acertados que daba la pequeña, le preguntó quién se los había enseñado: “Fue Nuestra Señora”, le respondió. Jacinta y Francisco, entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, alcanzaron en poco tiempo las cumbres de la perfección».

A su vez, el Pontífice reinante, Francisco, en la homilía de la misa de canonización de los pastorcitos, celebrada en Fátima el 13 de mayo de 2017, en el centenario de las apariciones, los puso «como un ejemplo para nosotros, tenemos ante los ojos a san Francisco Marto y a santa Jacinta, a quienes la Virgen María introdujo en el mar inmenso de la Luz de Dios, para que lo adoraran. De ahí recibían ellos la fuerza para superar las contrariedades y los sufrimientos. La presencia divina se fue haciendo cada vez más constante en sus vidas, como se manifiesta claramente en la insistente oración por los pecadores y en el deseo permanente de estar junto a «Jesús oculto» en el Sagrario».

Los padres de hoy en día tenemos esta responsabilidad, dejar a nuestros hijos jugar empapándose de la riqueza del mundo infantil, e, introducirlos en la Escuela de María (una canción, una palabra bonita, una oración) y de esta forma natural irá creciendo en los pequeños la atracción hacia la belleza que emana estar cerquita de Dios.

Carmen Margarito

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