En los brazos de mi padre

El concepto de infancia espiritual se empezó a forjar en la Edad Media, aunque la gran divulgación en la literatura espiritual se llevó a cabo en las primeras décadas del siglo XX, gracias, sobre todo, a la difusión de las enseñanzas de santa Teresa de Lisieux (1873-1897), quien describirá la infancia espiritual como “el camino de la confianza y del total abandono” en Dios (Santa Teresa de Lisieux 1996, p. 826). 

Debemos de atender a dos conceptos para vivir según los pasajes del evangelio (es preciso hacerse como un niño para poder entrar en el reino de los cielos Mt 18, 2-4; Mc 9, 36 y 10, 14-15; Lc 18, 16) que nos invitan a vivir el misterio de la infancia espiritual: filiación divina e infancia espiritual, los cuales no se identifican. La primera es común a todos los cristianos, que son hijos de Dios, y están llamados a crecer en la conciencia de esa filiación, como consecuencia de haber recibido la gracia del Bautismo. La segunda es en cambio un camino al que no todos están llamados, o al que están llamados de diversas maneras. Sin embargo, se relacionan íntimamente. 

Jesucristo nos garantiza la seguridad de alcanzar el Reino de los Cielos si vivimos conforme a un niño aunque no parece ser tan asequible como seguro. 

Para facilitar esta semilla en estos tiempos donde las dificultades parecen multiplicarse (presión en el ambiente, degradación en el tono humano, ignorancia sobre la belleza), son los padres los que deben de sembrar en los corazones de sus hijos el deseo de alcanzar la eternidad,  fomentando una experiencia infantil que pueda nutrir la vida espiritual en los años de madurezUn ejemplo de ello, es la huella que deja impresa en la memoria de un niño sentirse en brazos de su padre, este sencillo recuerdo junto a la cooperación de la gracia, potenciará en el corazón del adulto deseos de confianza, seguridad en la protección y el cariño paterno de Dios.  

Por lo general, en el diálogo con Dios solemos acudir a la infancia espiritual cuando las dificultades del día a día se hacen más patentes, o, cuando la miseria del hombre se deja ver sin el disfrazar de la soberbia. Es entonces, cuando puede brotar en nuestra memoria aquellos recuerdos con nuestro padre en los años de infantil elevando al espíritu en deseos de filiación divina.

Carmen Margarito

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